Piedad Córdoba participa como conferencista en la XI Cumbre Mundial de Comunicación política

Piedad Córdoba

La XI Cumbre Mundial de Comunicación Política se lleva a cabo este año en la ciudad de Cartagena el 7, 8 y 9 de junio. Este es un espacio de Interacción por excelencia de las mejores prácticas de comunicación política implicando pluralidad de voces, multiplicidad de ideas e ideologías políticas. Panelistas internacionales y personalidades locales contarán cómo gestionar acciones exitosas dentro del contexto de la comunicación política y sus diferentes aspectos.

Profesionales, académicos y especialistas debatirán acerca de las tendencias y las herramientas más importantes de la comunicación política en nuestro tiempo, otorgando su aporte a los distintos escenarios de análisis, dentro de los seis grandes temas donde la Cumbre hace foco:

  • Campañas Electorales
  • Política y Nuevas Tecnologías
  • Comunicación Gubernamental
  • Medios y Opinión Pública
  • Mujer y Política
  • Jovenes y Política.

Para este año, la  Directora del Movimiento Poder Ciudadano, Piedad Córdoba, participa como conferencista en el salón Barahona 3 con el tema los jóvenes de hoy: del desencantamiento a la política, a continuación presentamos su ponencia.

XI CUMBRE MUNDIAL DE COMUNICACIÓN POLÍTICA

CARTAGENA DE INDIAS, DEL 7 AL 9 DE JUNIO DE 2017

COMUNICACIÓN POLÍTICA EN LA COLOMBIA DE HOY.  RETOS DE UN DEBATE INAPLAZABLE

PIEDAD CÓRDOBA RUÍZ

 

En primer lugar quiero agradecer la invitación del Comité Organizador para participar en esta decimonovena Cumbre Mundial de Comunicación Política. Muchos de ustedes conocen mi trayectoria como ferviente defensora de los Derechos Humanos. Y es desde esta posición activa en favor de esos Derechos que siempre ha estado muy presente en mi quehacer el artículo número 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Conozco muy bien el precio que hay que pagar cuando una persona alza su voz en el ejercicio de su derecho a la libertad de expresión y denuncia injusticias e inequidades. Es por eso, que siempre he creído que la libertad de expresión es un punto nodal sin el cual es imposible el ejercicio del resto de derechos que se consagran en la Declaración Universal.

No hay libertad de expresión sin libertad de prensa. El concurso de medios de comunicación libre, independiente, plural y veraz es consustancial a un sistema democrático sano e integral. Siempre he defendido esta libertad de prensa. Y quiero aprovechar mi presencia en este foro para ratificar una vez más este compromiso con un sistema de medios libre, independiente, plural y veraz.

Pero la libertad de prensa no es un fin en sí mismo. Es un instrumento para garantizar el verdadero derecho, que es el Derecho a la Información de los ciudadanos. Recordemos el texto del artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona… tiene derecho a recibir información y opiniones”. Y es aquí cuando hay que exigirles no solo a los medios de comunicación, sino también a nosotros, a los políticos, a los que en definitiva estamos constantemente comunicándonos con la ciudadanía, emitiendo nuestro discurso hacia ella, decía que hay que exigirles, exigirnos, veracidad, responsabilidad, honestidad, sentido de país, de comunidad…

Llega un nuevo tiempo a Colombia. Los acontecimientos de los últimos años, que la mayoría de ustedes conoce bien, nos abocan a un nuevo tiempo histórico. En el horizonte, en mayo de 2018, se perfilan unas elecciones presidenciales que van a ser claves para este nuevo devenir político. En mis constantes recorridos por el país (ustedes saben que siempre he estado pegada a la piel de Colombia, a su gente, a sus problemas; nunca me recluí en mi casa, a pesar de secuestros, atentados, amenazas, decisiones ilegítimas sobre mi persona; en todos estos años, los colombianos y las colombianas siempre me vieron a su lado); decía que en mis constantes recorridos por el país percibo este viento de cambio, esa nueva Colombia que lleva demasiado tiempo esperando, una Colombia donde todos y todas tengan su lugar, donde puedan desarrollar un proyecto de vida no sea una utopía, donde la incertidumbre no sea el estado habitual; incertidumbre sobre si el sueldo alcanzará al final de mes; incertidumbre sobre qué futuro tendrán nuestros jóvenes; incertidumbre sobre la atención en salud; la educación de nuestros hijos e hijas… El miedo está cediendo el paso a la esperanza. La apatía se está volviendo optimismo. La desilusión se torna ilusión. Y este nuevo estado de cosas está en el ambiente, sólo hace falta salir a palparlo…

Todas las personas que de una forma u otra basamos nuestra actividad -ya sea profesional o política- en la comunicación tenemos ante nosotros un reto mayúsculo. Ya no sirven los antiguos códigos comunicacionales. Esta ola de cambio exige también una comunicación política nueva; una comunicación política útil; una comunicación política necesaria.

¿Estamos seguros de que les hablamos a los colombianos y a las colombianas de aquello que les preocupa? En una encuesta reciente de Invamer, Investigación de Asesoría y Mercadeo, se reflejaba que los cuatro grandes problemas que preocupan a los colombianos son el desempleo, la salud, la corrupción y la educación, a una considerable distancia del resto. Para que se hagan una idea, lo que sucede más allá de nuestras fronteras apenas es mencionado por el 0,1% de los encuestados. Cuando vemos un noticiero, leemos la prensa, asistimos al discurso de un ministro, ¿realmente está hablando de las cosas que preocupan a la gente? ¿Realmente se conecta con el sentir del país? Hay una Colombia real en la que seis de cada diez personas ganan menos de 240 dólares al mes; casi nueve millones de personas se sitúan por debajo del umbral de la pobreza; un uno por ciento atesora el 20% de la riqueza colombiana… Es decir, la radiografía de un país enormemente desigual. La Colombia oficial -y en este concepto englobo a medios de comunicación y políticos- ¿se hace eco de esta Colombia real?

Vemos estos días como el Pacífico colombiano se ha levantado como una ola gigantesca. Buenaventura, El Chocó… ¿Nos informó esa Colombia oficial sobre lo que allí se estaba larvando? Cuando la marea se hizo incontenible, ya los políticos se apresuraron a hacer declaraciones, los medios enviaron a sus corresponsales, llegaron las primeras noticias… Pero las señales ya estaban desde antes. La Colombia real, ese Pacífico afrocolombiano, viene alzando su voz desde hace muchas décadas. Sólo que la Colombia oficial no escuchaba y muchas veces centraba su atención en otros países, quizás para tratar de ocultar lo que estaba ocurriendo en el nuestro. O para no mostrar que acá, en Colombia, la gente anda preocupada por su presidente y su Gobierno, y no el de otros países. Según la última encuesta de Pinómetro, 7 de cada 10 colombianos tiene una opinión negativa sobre Santos; el 85% no cree que está haciendo nada positivo sobre el empleo; la percepción sobre la economía es sumamente desalentadora… Esto es lo que preocupa a los colombianos y sobre esto deberíamos estar hablando los comunicadores, los políticos, los líderes sociales… Porque esta Colombia real se ha vuelto una Colombia insumisa y este tsunami va a arrasar con todo a su paso. Quien no se adapte a los nuevos tiempos, será dejado de lado. La Historia no espera.

Quizás donde mejor se ejemplifica este divorcio entre la Colombia real y la oficial, es entre los jóvenes. Es en nuestra juventud donde se concentra el mayor porcentaje de abstencionismo electoral. Para que se hagan una idea aquellos ponentes que vienen de otros países, en las elecciones presidenciales de 2014 apenas votó un 40% en la primera vuelta y un 47% en la segunda; en 2010, un 49% y un 44%, respectivamente; en 2006, un 45%… Es más la gente que no vota que la que vota. Somos el país más abstencionista de América, algo que nos debería llevar a una profunda reflexión con sentido de Estado y que sin duda se relaciona de forma muy directa con esa distancia entre la Colombia real y la oficial.

Decía que los jóvenes son los mayores abstencionistas. ¿Significa que no les interesa la política? ¿Quiere decir que no les importa lo que ocurre en el país? ¿Son individualistas, egoístas, materialistas, como se les suele definir peyorativamente? ¡No! me niego a creer esto. Y me niego porque yo hablo con los jóvenes, estoy con los jóvenes, convivo con los jóvenes. Sé de sus anhelos y sus preocupaciones; de sus ansias por un país diferente y un futuro distinto al que le dicen, que Colombia les tiene reservado. Los jóvenes se interesan por la política, pero quizás no por esta política. A los jóvenes les interesa la comunicación política, pero tal vez no esta comunicación. A los jóvenes les interesa su país, pero tal vez no la imagen de su país que se les propone.

No descubro nada si digo que esta juventud ha encontrado su ecosistema comunicacional en las redes sociales. Aunque al parecer algunos representantes de esa Colombia oficial no lo han descubierto aún. Nuestra juventud, nativa digital, se mueve con toda naturalidad por el universo de las redes sociales. Crecieron siendo a la vez receptores y emisores de comunicación; consumidores y creadores de contenidos; están acostumbrados a una comunicación donde no hay jerarquías, donde todo el mundo es igual, sea el perfil de Twitter de un estudiante universitario que el del presidente de un país. Cuando algo no capta su atención le basta con un click para desestimarlo.

Es una juventud, además, educada en una comunicación que no conoce fronteras, que traspasa los estrechos límites nacionales donde nos criamos los que pertenecemos a otras generaciones. Hoy, el joven colombiano, la generación mejor preparada de nuestra historia, le habla de igual a igual a los jóvenes de otros países, de otros continentes. No arrastran ningún complejo. Se sienten lo suficientemente preparados para conquistar el mundo y van por él.

¿Estamos preparados para dirigirnos, para “comunicar”, en definitiva, a esta juventud del nuevo tiempo colombiano? Ése es el debate.

Lo mismo podría decirse de las mujeres colombianas. Tenemos que repetirlo una vez más: no somos un sector de la población, ni un grupo, colectivo… Somos la mitad de Colombia. El 51%, para ser exactos. Y además contamos con la generación de mujeres jóvenes mejor preparada que hayamos tenido nunca. A pesar de esto, seguimos cobrando un salario menor por el mismo trabajo; el desempleo entre las mujeres es mayor que entre los hombres; no accedemos a puestos de responsabilidad; la desigualdad es palpable en todos los ámbitos. ¿Reflejan nuestros medios y los políticos esta realidad? ¿Es esa la imagen que dan de la mujer colombiana y su problemática? Este es otro tema para el debate.

Tomen cualquier aspecto que ustedes deseen, a cualquier sector de la sociedad y analicen si se ven reflejados en eso que hemos dado en llamar “Comunicación política” o “Comunicación social”. Ese es el auténtico debate.

No creo en la etiqueta de “marketing político” o “mercadeo político”. La política no es un producto cualquiera que vender. Ni siquiera es un producto y, por tanto, no hay nada que vender. Pero sí creo firmemente en la “Comunicación política”. Estoy muy de acuerdo con Mario Riorda, que sin duda es un referente para muchas de las personas que están aquí, en que la política se da junto con la comunicación. La política es con comunicación. Toda política se da con comunicación. Siempre que haya política habrá, al menos potencialmente comunicación.

Y siguiendo a Riorda, convengo con él en que la comunicación política no es una degradación de la política. No es ese abordaje simplificador, producto de un enfoque comercial, con reduccionismos peligrosos y una lógica persuasiva, mecánica y automática, que la etiqueta como el mencionado “marketing político”.

Por el contrario, la comunicación política revaloriza a la propia política y representa una condición indispensable del funcionamiento del espacio público ensanchado de la democracia.

Por eso, es tan importante que todos los que estamos aquí, cada uno desde nuestra posición política, profesional y personal, nos planteemos si estamos dando las respuestas que los colombianos y colombianas nos exigen en este momento, que no tengo ninguna duda en calificar como histórico.

¿Tenemos respuesta para la persona trabajadora cuyo salario se agota antes de que termine el mes?

¿Tenemos respuesta para un joven al que sólo se le ofrecen empleos mal pagados, precarios y no acordes con su capacitación?

¿Tenemos respuesta para esa mujer que es trabajadora, madre, proveedora y organizadora de la familia y en muchas ocasiones también estudiante y que no está reconocida, ni a nivel de salario, ni de ayudas sociales, ni en su estatus social?

¿Tenemos respuesta para todas aquellas personas que no disponen de acceso a salud de calidad, universal y completa?

¿Tenemos respuesta para todas esas familias que gastan buena parte de sus ingresos en pagar servicios básicos como la electricidad, el agua, el gas, la telefonía móvil o Internet? ¿O para los que no pueden acceder a esos servicios?

¿Tenemos respuesta para esos millones de personas que emplean varias horas cada día en desplazarse a sus lugares de trabajo o de estudios en unos sistemas de transporte público a todas luces insuficientes?

¿Tenemos respuesta para todos los colombianos y colombianas que asisten estupefactos a esa cascada interminable de casos de corrupción que salpican a toda nuestra casta política?

Mi respuesta es que no tenemos respuesta.

Pero yo sí quiero darles una respuesta. Y dársela desde donde el pueblo colombiano quiera colocarme. Siempre estuve en primera línea de la política incluso cuando quisieron apartarme de ella con un proceso ilegítimo e ilegal de inhabilitación. Pero nunca abandoné a mi pueblo. A lo largo de todos estos años utilicé mi proyección pública para darle voz a quienes a menudo son privados de ella. Esto también es Comunicación Política. Ni el secuestro, ni los atentados o las amenazas, la amargura del exilio lograron nunca separarme de mi gran pasión, que es Colombia. Amo profundamente a mi país. Soy colombiana por los cuatro costados. Pienso como colombiana, siento como colombiana, respiro como colombiana, río como colombiana y lloro como colombiana. Los amargos años del exilio, como cantaba el poeta, solo consiguieron que me reafirmara en mi más absoluta colombianidad y en volver en cuanto pudiera para proseguir mi trabajo por esta tierra.

Sí. Amo a Colombia. Y desde este amor a Colombia quiero abrir el debate sobre el futuro del país que ya nunca más podrá ser igual a su pasado.

El debate comenzó ya. Pero no está en los lugares que se habían apropiado de él para quitarle su potencial transformador. Ya no está en los cenáculos periodísticos ni en los atriles de los políticos. La discusión ahora está en la calle. Está en nuestras ciudades y en nuestros pueblos. En el medio urbano y en el medio rural. Yo quiero participar en este debate. Y les invito a ustedes a que se sumen a él.

Muchas gracias por su atención.

0 Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

©2017 PIEDAD CORDOBA Todos los derechos reservados. PODERCIUDADANO.COM.CO

Log in with your credentials

Forgot your details?